Leon Trotsky

"Sin una organización dirigente la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor."




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20/8/10

70 ANIVERSARIO


León Trotsky, un revolucionario de nuestra época


Cuando la pica de un asesino sin paralelo ponía fin, hace setenta años, a la vida de León Trotsky, se producía el crimen de lesa humanidad por antonomasia. El ingreso de la humanidad a la mayor barbarie de su historia exigía el aniquilamiento de todos aquellos verdaderamente capaces de ponerle un fin por medio del arma ya probada de la revolución proletaria.

El asesinato de Trotsky tiene lugar en un definido cuadro contrarrevolucionario mundial: las victorias del fascismo, el franquismo, el nazismo y el stalinismo. Estamos en las postrimerías del pacto Hitler-Stalin y en las vísperas de la invasión hitleriana a la Unión Soviética - el escenario de la primera gran revolución obrera de la historia. La escuela del asesino de Trotsky son los crímenes contra los revolucionarios anarquistas y socialistas cometidos por el stalinismo (en primer lugar, Victorio Codovilla, jefe del partido comunista de Argentina), para evitar un segundo Octubre en la España revolucionaria. Antes la victoria del franquismo que una segunda revolución proletaria - que efectivamente hubiera bloqueado la segunda guerra mundial y cambiado el rumbo de los acontecimientos. Destrozar los cerebros de la revolución curtidos por cuatro décadas de lucha revolucionaria se había transformado en la tarea urgente de la contrarrevolución internacional. Para allanar el camino a la guerra, había que destruir antes a quienes podían transformarla en una guerra civil internacional. Ninguna ‘comunidad internacional' se alzó entonces para declarar la imprescriptibilidad de esos crímenes, los más imprescriptibles de todos porque no serán zanjados en los tribunales de justicia sino en los campos de batalla de la historia. En los años 36-38, Stalin acababa con todo el comité central viviente que había dirigido la revolución de Octubre. La mueca de la historia, implacable ella, había puesto al frente de los tribunales al mismo Vischinsky, un ex menchevique, que en marzo de 1917 había pedido la captura de Lenin (para su eventual fusilamiento) bajo la acusación, en plena guerra, de agente alemán. Este verdugo de todas las estaciones alcanzó su obsesión dos décadas más tarde bajo la batuta de Stalin. El asesinato de Trotsky no ocurrió fuera del tiempo y el espacio sino en condiciones políticas precisas, cuando, solo, se erguía como el último baluarte de la revolución contra la barbarie en marcha de la ilustrada burguesía internacional. El asesinato de Trotsky - el único que previó el holocausto judío apenas Hitler venció, sin resistencia, al proletariado alemán por culpa de sus organizaciones- es una pieza política fundamental en el engranaje de la guerra mundial. Esta es la caracterización siempre ausente en el elogio que le prodigan sus epígonos y en los insultos de quienes temen más que nunca su legado. En la pelea contra su asesino hasta capturarlo, Trotsky emerge, hasta su último suspiro, como el gigante del proletariado revolucionario.

Un siglo

Con León Trotsky desaparece la última figura de intelectuales y organizadores revolucionarios socialistas, que debuta con Carlos Marx y las revoluciones europeas de 1848. Durante cien años, la historia del proletariado tuvo su epicentro en Europa y la guía del marxismo. Fue un siglo de discontinuidades, de choques ideológicos y de escisiones históricas - pero cada fase de ellas, así como sus protagonistas, tenía por referencia al marxismo. Con la ventaja de la perspectiva que da el tiempo, sabemos que en los 70 años posteriores no surgió ningún intelectual-organizador de la talla de Trotsky, Lenin, Rosa Luxemburgo o incluso Gramsci (que se esfuerza por pensar como marxista en la celda del fascismo, hostilizado por el stalinismo). Se produce, desde los '40, una laguna histórica en la proyección del marxismo. Este pasa al campo académico, donde siempre había sido rechazado, y abandona la lucha de partido, con lo cual pierde su condición revolucionaria - la academia interpreta la historia pero no pretende transformarla (y la mayor parte de las veces no pasa de una interpretación de textos, algo así como el onanismo intelectual, por lo que ha hecho un culto del repudio a la construcción de partidos revolucionarios). Sin temor al ridículo, el intelectual de centroizquierda se presenta como una ‘variante del marxismo' y hasta como ‘posmarxista'. Las discusiones entre grupos o partidos, por su lado, se fueron convirtiendo en bizantinas, por eso degeneran rápido en escisiones estériles. El proletariado de los países industriales pierde el protagonismo mundial que lo caracterizó en los cien años previos. Se producen interregnos (el mayo francés, el otoño italiano), pero tampoco bajo la influencia del marxismo. Los levantamientos coloniales proyectan un nuevo tipo de dirección política, cuyo lado más débil, el ideológico o programático, conquista a la intelectualidad pequeño burguesa. Es lo que aún ocurre, por ejemplo, con los movimientos que plantean limitar la globalización o con el chavismo. Las esfuerzos gigantescos que ha realizado el proletariado desde su ingreso en la historia para emanciparse como clase y las enormes derrotas que siguieron a sus tentativas más osadas han dejado huellas profundas en su conciencia - que los académicos atribuyen a lo que llaman "los treinta años gloriosos" de recuperación del capitalismo en la posguerra, como si a partir de los aún "más gloriosos", desde 1850 a 1914, o aun de 1890 hasta la primera guerra, la clase obrera no se hubiera afirmado como una clase con conciencia histórica propia y forjado enormes organizaciones socialistas.

Necesitamos nuevos Trotsky. Para ello deberán recoger el desafío de comprender el alcance histórico de la bancarrota capitalista mundial (y dejar de lado a los que esgrimen frustraciones pasadas para deshojar la margarita sobre su perspectiva), así como el de la entrada en escena de los nuevos contingentes gigantescos del proletariado de Asia - y pulir las armas para una lucha revolucionaria que deberá ser decisiva. Como siempre, el proletariado más joven reanimará las fuerzas de los más antiguos. Marx ya había señalado que el proletariado deberá aprender de sus derrotas; que el trabajo de la historia es, muchas veces, extremadamente lento, observaba Trotsky; que a cada derrota hay que oponer un nuevo comienzo. Nos apropiamos efectivamente de la consigna de Rosa Luxemburgo: Socialismo o Barbarie.

De pronósticos y perspectivas

El punto de partida inconmovible de una estrategia revolucionaria es la caracterización de la declinación o decadencia del capitalismo. Esta ha sido la base fundamental de los planteos de Trotsky, como antes fueron los de Lenin y Luxemburgo. El estadio actual de la humanidad confirma esta tesis. Al lado de la bancarrota mundial se desenvuelven guerras cada vez más atroces y se anuncian otras aún peores. La declinación irreversible del capitalismo es la base histórica de la revolución social.

Los últimos treinta años fueron testigos, sin embargo, de un proceso aparentemente inverso: la restauración del capitalismo en aquellas naciones en que el capital fue expropiado por medios revolucionarios. Para un trotskista es un lugar común decir que se trata de la confirmación de uno de los pronósticos condicionados más brillantes de Trotsky. Durante medio siglo, sin embargo, el 90% de los trotskistas ignoró este pronóstico. Ahora lo reivindica como ocurre con un hecho consumado. Pero como ocurre con los pronósticos realmente fundados, éste se ha confirmado a su propia manera. Los epígonos lo repiten sin entenderlo.

Es incuestionable que la restauración capitalista ha abierto un campo enorme a la expansión del capital mundial, pero al mismo tiempo ha acelerado el desenvolvimiento de la crisis mundial del capitalismo. China es un mercado para el capital mundial, pero al mismo tiempo un factor de agudización de la rivalidad capitalista y de potenciación de la sobreproducción. La restauración ha ampliado el campo de operaciones del capital al mismo tiempo que la proyección de su crisis, pero además ha ampliado también el campo de la revolución mundial por medio de la creación veloz de un proletariado enorme y de la confiscación de las masas campesinas. Es cierto, asimismo, que el Estado chino ha pasado a girar en la órbita del capital financiero, pero la restauración no tiene lugar en un marco colonial, como ocurría en el pasado, sino bajo el arbitraje de un Estado surgido de una revolución que conserva la unidad nacional que fuera destruida, en el pasado, durante dos siglos. La restauración capitalista en China ha sido forjada por un compromiso entre la burocracia y el imperialismo - no por una imposición unilateral de éste, como hubiera ocurrido en las condiciones históricas en que Trotsky formuló su pronóstico para la URSS. En el caso de ésta, la restauración ha sido incluso mucho más catastrófica, pues a diferencia de China ha lanzado al país al subdesarrollo. La burocracia ha reemplazado, con la restauración, la pretensión de construir "el socialismo en un solo país" por las ventajas de la integración al mercado mundial; se ha desembarazado de su "utopía reaccionaria", no como resultado de una revolución, sino de una contrarrevolución. Ha zafado de un nuevo colonialismo para ingresar a una dependencia financiera que la condena a la alternativa entre caer en ese colonialismo o salir por medio de la revolución social. La restauración capitalista ha resultado, en definitiva, en una combinación especial de las tendencias analizadas en el pronóstico de Trotsky. Sin embargo, esta misma combinación particular, que permite presentar a la restauración como un éxito en lugar de una catástrofe, demuestra que su tendencia de conjunto no va en el sentido de darle al capitalismo un segundo empuje histórico sino de agudizar sus contradicciones mortales y reabrir la perspectiva de la revolución social.

La V Internacional

No ha pasado un año de su anuncio y la V Internacional chavista ya es un embuste. En su pretensión de superar a la IV Internacional, proclamada por Trotsky, fue apoyada por trotskistas de `fuste`, como El Militante de Alan Woods, el NPA de Krivine-Beçansenot y varios morenistas locales. El inspirador de la maniobra, Hugo Chávez, se está abrazando por estos días con un verdugo de los colombianos para establecer ‘una seguridad democrática' en la frontera común. Esta V nonata viene al caso para entender por qué León Trotsky consideró la fundación de la IV Internacional como una tarea imprescindible e histórica. Se trataba de defender con los últimos recursos la mayor conquista del proletariado mundial, el internacionalismo, ante una perspectiva histórica incierta, entre la barbarie y la posibilidad de una nueva revolución social. La IV Internacional tiene un lugar histórico único - dejar a las generaciones siguientes los instrumentos más desarrollados del proletariado mundial en las vísperas de una tragedia. Ha sobrevivido como programa, o sea como orientación estratégica, a toda clase de alternativas y tentativas. Es obvio que su apuesta histórica sigue abierta; no realizó sus objetivos en 80 años, pero sigue presente en miles de militantes en el mundo entero, muchísimos más de los que la fundaron, y lo que es más importante, como única representación conciente del socialismo revolucionario. Es necesario que se zambulla sin reticencias en la crisis mundial y en las luchas y levantamientos que surgirán de ellos inevitablemente.

El Programa de Transición

El proletariado de todos los países no podrá encarar los desafíos que plantea la bancarrota mundial si no se apropia del programa de transición, el programa de fundación de la IV Internacional. No salió de la nada - fue el resultado de dos décadas de lucha en las condiciones de la bancarrota mundial precedente, la que partió del fin de la primera guerra hasta el comienzo de la segunda. Cada una de sus reivindicaciones tiene un acta de nacimiento en el combate. El núcleo poderoso de este programa es el siguiente: cuando la humanidad parece encontrarse en una situación sin salida; cuando el capital proclama que la única salida deberá ser pavimentada con el sacrificio sin precedentes de millones de trabajadores; en circunstancias semejantes, el programa de transición señala la salida y todos los caminos que conducen a esa salida. El programa de transición señala las reivindicaciones co-ti-dia-nas (esto es lo fundamental) que permite a la clase obrera oponerse a las exigencias de sacrificios del capital y oponer medidas de salida a la crisis a cada una de estas exigencias. Arma al proletariado, en primer lugar, para una lucha diaria, frente a conflictos parciales, para toda ocasión de enfrentamiento. Pero, a diferencia del reformismo vulgar, señala el camino a seguir ante la resistencia inevitable del capital ante cada una de las reivindicaciones obreras; o sea que al método para abordar la crisis desde el punto de vista de las masas, le suma, en íntima relación, el método para quebrar la resistencia del capital a los reclamos y movilizaciones de los explotados en cada circunstancia de la lucha. Es a partir del desarrollo de esta experiencia que hace emerger la necesidad de la lucha por el poder. Con el mismo procedimiento convoca a todas las organizaciones en lucha a pelear por el poder - a constituir un gobierno obrero y campesino, un gobierno de trabajadores, que realice las reivindicaciones que fueron desarrolladas en el curso de la lucha. Frente a estas organizaciones, el programa presenta a los partidos de la IV Internacional como los consecuentes en la comprensión del objetivo general: el establecimiento de la dictadura del proletariado (este es el sentido que para la IV Internacional tiene el gobierno de la clase obrera) para quebrar definitivamente a la dictadura del capital y al capitalismo.

¿Quién puede negar la actualidad de este programa? Los Trotskys del siglo que se ha iniciado se forjarán por el camino que conduce a su victoria.

Jorge Altamira

8/12/09

Por una Jornada Clasista

CONVOCATORIA AL FRENDE DE IZQUIERDA DESDE LAS BASES

Compañeros, en vísperas de un nuevo aniversario del argentinazo, las calles argentinas se encuentran convulsionadas por una incesante movilización popular contra presidentes, gobernadores, intendentes y políticos que defienden intereses de los capitalistas que ellos representan.

Esta movilización necesita una organización política propia, o sea independiente de partidos que han llevado a la completa decadencia.

Al mismo tiempo, esta emergiendo una nueva dirección sindical clasista como lo han demostrado largamente las luchas obreras de los últimos meses.

La burocracia de los sindicatos, repudiada en los lugares de trabajo y que vuelve a transitar los tribunales y las cárceles, es definitivamente un obstáculo a esa organización que las masas necesitan. No solo la CGT, sino también la burocracia de la CTA al servicio del gobierno para reventar las luchas docentes, garantizar el fraude en el Suteba La Plata y anular cualquier tipo de expresión clasista.

Es una gran oportunidad para que manifestemos una voluntad política de delimitacion y sobre esa base desarrollar una perspectiva independiente para las masas populares.

Es necesario que desde la Secretaria Obrero-Estudiantil del CEH nos pronunciemos por una gran jornada clasista, por el triunfo de todas las luchas obreras, por la reincorporación de todos los despedidos de Kraft, por el reconocimiento del nuevo sindicato del Subte, para echar a la burocracia y su patota de los sindicatos, contra el fraude Baradel-Tomada-Yasky en el Suteba La Plata. Pero también que sea una instancia para organizar la lucha por la democratización de la universidad, para la lucha por mas presupuesto, para frenar el avance de los monopolios capitalistas en la universidad y estructurar un movimiento estudiantil independiente de las camarillas y del gobierno, para impedir lque las camarillas de geografia designen docentes a dedo.

El 20 de diciembre organicemos una gran jornada clasista.

Proponemos la realizacion de un plenario el jueves 10/12 a las 15hs a estos efectos.

Saludos

15/11/09

ANIVERSARIO



La caída del Muro de Berlín


La caída del Muro de Berlín en la noche del 9 de noviembre de 1989, en medio de grandes manifestaciones de júbilo popular, dividió radicalmente la historia de la posguerra europea.
Antes de su caída, la burocracia soviética pretendía alcanzar la seguridad de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) mediante una política de concesiones estratégicas a la contrarrevolución mundial. En este cuadro, la política restauracionista de los sucesores de Brezhnev era gradual y timorata. La penetración imperialista en los ‘países de Este' seguía el mismo ritmo ‘gradual', a través de préstamos financieros, preferencias comerciales y acuerdos entre empresas de uno y otro lado de la "Cortina de Hierro".

La caída del Muro no inventó nada, solamente "aceleró" la historia y terminó con las medias tintas. En el curso de los tres meses siguientes ‘cayeron' los regímenes ‘comunistas' de Polonia, Checoslovaquia y Rumania. Las ‘reformas de mercado' se aceleraron en la URSS. El imperialismo mundial perdió toda ‘cautela' y se lanzó osadamente a la conquista del Báltico, de China, de Ucrania y de Georgia. La anexión de la República Democrática Alemana (RDA) fue el "modelo" para la anexión capitalista de Europa Oriental.

Una maniobra

La crisis política que llevó a la caída del Muro comenzó en marzo de 1989, cuando Hungría levantó las restricciones fronterizas para el pase de ciudadanos este-alemanes a Austria y, desde allí, hacia Alemania Occidental (que les reconocía la plena ciudadanía).

Incluso, "antes de que el Muro se volviera poroso, más de 200.000 alemanes del Este habían viajado a la República Federal de Alemania (RFA) durante ese año" (The Economist, 18/11/89).

Este intercambio de ciudadanos estaba pactado entre los dos Estados alemanes; Alemania Oriental obtuvo compensaciones monetarias y crediticias y hasta preferencias comerciales (la RFA pagaba el déficit comercial de la RDA con los restantes países de Europa occidental). Ya desde mediados de los ’80, los dirigentes del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) habían entrado en asociaciones de colaboración económica con sus ‘colegas' estatales del Oeste y reclamaban ‘reformas de mercado'. Siegfred Lorenz, miembro del politburó, escribía entonces que ‘no hay dudas de que cambios y reformas fundamentales son necesarias en la RDA. Hay mucha discusión alrededor de esto. Pero finalmente, todos manteníamos la boca cerrada" (citado en Democratic Transition in East Germany: 1989/90).

Markus Wolf, jefe de la policía política, la Stasi, respaldaba a los ‘reformistas': "Lo más loco de todo –escribió Wolf– era que la necesidad del cambio era ampliamente reconocida y cualquiera con el que hablara lo reconocía abiertamente, incluso en los más altos niveles. Eso se aplicaba a todos los que deberían haber actuado, incluyéndome a mí mismo" (Land y Possekel, citado por Gareth Dale, op. cit.).

A puertas cerradas, una parte de la dirección del SED reclamaba –bastante antes de la caída del Muro– una política de "reformas".

Hungría – una semicolonia financiera del FMI y un satélite político de Moscú– sólo accedió a levantar las restricciones fronterizas luego de obtener el visto bueno de Washington, Bonn y Moscú. "El Kremlin no dio señales de oponerse a la salida de orientales hacia Occidente [porque] teme que la política antirreformista de Honecker conduzca a un serio e incontrolable levantamiento popular” (Clarín, 18/9/89).

Es indiscutible, entonces, que "la crisis de los refugiados parece forzada por el imperialismo y los reformistas orientales para abrir una crisis política en la RDA que permita el desplazamiento de Honecker, el llamado ‘Brezhnev alemán' y abra el curso a una perestroika este-alemana" (Prensa Obrera, 21/9/ 1989).

¿Hubo una revolución?

El 17 de octubre, en medio de enormes movilizaciones, cayó Honecker (con el tácito respaldo de Gorbachov). Lo sucedió Krenz. El Muro cayó entre el 9 y 10 de noviembre, pero los reformistas no esperaron su caída para imponer su programa.

A comienzos de noviembre, los gerentes de los grandes combinados industriales reclamaron una ‘reforma económica radical'. El Comité Central del SED, celebrado entre el 8 y el 10 de noviembre [antes de la caída del Muro], enfatizó esta orientación. Bajo la dirección de Modrow, del ala reformista, el énfasis fue puesto en el desmantelamiento de las estructuras de comando económico y en la devolución del poder y los riesgos de las autoridades centrales a los gerentes empresarios [...] en función de establecer "una economía socialista orientada por el mercado', la libre convertibilidad del marco de la RDA, la colaboración con firmas occidentales, la ‘flexibilización' de las relaciones laborales y la reducción del gastos social" [“Actas del Comité Central del SED”, citado por Gareth Dale, op. cit.].

El Muro cayó como resultado de un levantamiento popular, pero la burocracia del SED nunca perdió el control del aparato estatal. El Estado no fue desmantelado, tampoco la policía secreta. El poder se transmitió dentro del aparato staliniano alemán, de los ‘duros' a los ‘reformistas', en la precisa dirección establecida por Moscú, consentida por el imperialismo.
Destacando las diferencias, un artículo publicado cuando cayó el matrimonio Ceaucescu, en Rumania, Prensa Obrera señalaba que "los acontecimientos rumanos pusieron por primera vez en cuestión el control ‘por arriba' del proceso de ‘democratización' de Europa, el cual tiene lugar bajo la atenta mirada de la burocracia rusa y el imperialismo norteamericano y europeo" (Prensa Obrera, 28/12/ 1989).

Nuevo Foro
La maniobra lanzada por los burócratas e imperialistas era, con todo, muy riesgosa. Había desatado un movimiento de masas que incluía huelgas en empresas y en ciudades enteras y reclamos de democratización radical. Además, había replanteado dos problemas históricos de dimensiones enormes.

El primero era la unificación burguesa de Alemania, que podía romper los equilibrios establecidos en el continente europeo.

El segundo, una unificación del proletariado de Alemania en el plano sindical y político, con la posibilidad de alterar el régimen que había caracterizado al país desde el fin de la guerra.

Ante los problemas que enfrentaba, la dirección ‘reformadora' convocó a una parte de la oposición, formada al abrigo de la Iglesia protestante: el llamado ‘Nuevo Foro’. A pesar de su condición democratizante y antisocialista, el ‘Nuevo Foro’ contaba con el apoyo masivo y sin fisuras de la izquierda europea, en particular la trotskista. Lo reivindicaban el Secretariado Unificado, el Partido Socialista de los Trabajadores (SWP) británico y los morenistas, esto en función de su apoyo a la perestroika de Gorbachov.

Las corrientes trotskistas europeas rechazaban plantear la unidad socialista de Alemania y defendían "reformar a la RDA". En su periódico de la época, el morenismo (MAS), criticaba al gobierno de Alemania Oriental por haberse "negado a introducir las reformas de apertura que la lucha de los trabajadores ha impuesto en otros países como la Unión Soviética" (citado en Prensa Obrera, 3/10/1989). El planteo defendía la continuidad del Estado oriental y la viabilidad de la coexistencia con el del Oeste. La izquierda no fue capaz de presentar un planteo de unidad de Alemania de carácter socialista y, en esencia, un programa de reivindicaciones transitorias comunes para el proletariado de uno y otro lado de las fronteras artificiales.

La consigna de la "unidad socialista de Alemania" fue levantada (de manera solitaria) por el Partido Obrero: quebrar el artificio político montado para dividir al proletariado más fuerte de Europa y unificarlo en torno a sus derechos sociales democráticos. Por la existencia de sindicatos comunes y convenios únicos en las dos regiones alemanas, con iguales salarios, conquistas sociales, régimen jubilatorio, de salud y condiciones de vida para que la unidad no se hiciera en perjuicio de uno u otro (como ocurrió efectivamente). Para todo esto era necesario condicionar la unidad de Alemania a la convocatoria de una Asamblea Constituyente, o sea que fuera el fruto de una deliberación política. Lo que acabó ocurriendo fue, en cambio, una anexión o ‘anchluss' (como cuando Hitler anexó a Austria).

La política de ‘reformar la RDA’ llevó a convocar a elecciones en marzo de 1990, donde se impuso el Partido Demócrata Cristiano de Alemania Oriental. Luego de integrar durante más de cuarenta años la coalición de gobierno con el stalinismo, después de la caída de Honecker se pasó al Partido Demócrata Cristiano Occidental de Helmuth Kohl. ‘Nuevo Foro' y sus aliados ‘izquierdistas' sacaron menos del 5% de los votos. ¡Qué perspicacia tuvo la izquierda! ¿no?
Cada uno por sus propios intereses, la burocracia reformista, el imperialismo y las masas concurrieron al derrumbe del Muro. El PO lo caracterizó de la siguiente manera: "Los sucesos de noviembre y diciembre pasados, que acabaron con la inamovilidad de los stalinistas y con el Muro de Berlín, no fueron una revolución sino una semi-revolución, lo cual hasta cierto punto, o relativamente, significa que fueron una contrarrevolución. Esto porque la burocracia no fue derrocada, de modo que tampoco se procedió a su expropiación política. La dirección política quedó en manos de las corrientes gorbachovianas que propugnan la integración al capitalismo mundial (Prensa Obrera Nº 297, 27/3/90).

El imperialismo y la burocracia no prepararon políticamente la caída del Muro. El hecho los sorprendió, pero estaban mejor preparados que la izquierda para encarar la crisis. Durante cuarenta años, la izquierda se opuso a la unidad de Alemania y defendió a rajatabla una división política que había reforzado el dominio del imperialismo mundial sobre el proletariado de Europa.

La anexión

La unificación nacional no era, sin embargo, un procedimiento sencillo, de un lado porque entrañaba la solución de contradicciones explosivas, del otro porque debía satisfacer las aspiraciones de las masas sublevadas. Por esto, la unificación monetaria premió a los habitantes del este, al reconocer una paridad que no existía en la realidad (1 a 1 cuando en el mercado negro la relación era 1 a 5). Pero esta sobrevaloración del cambio condenó a la quiebra a la industria oriental.

La ‘anexión' significó una enorme destrucción de fuerzas productivas: en la RDA desaparecieron las dos terceras partes del PBI industrial este-alemán y la desocupación superó el 40% de la población activa. Así, la burguesía alemana (RFA) destruyó a un competidor potencial y se apoderó de sus joyas industriales a precios de remate. La burguesía alemana se valió de la situación para atacar las condiciones de vida de los obreros del oeste y agudizar la competencia entre los trabajadores de ambas regiones.

El ‘1 a 1’ sólo rigió para las tenencias de monedas, no para los salarios ni los servicios sociales. Disparó los precios, pero no las remuneraciones. La anexión agudizó la división de la clase obrera alemana e inició una fuerte desindustrialización del Este. Hoy mismo, la tasa de desempleo en el este duplica la del oeste; en el oeste, el número de "nuevos pobres sin esperanza" llega al 4% de la población, pero en la región oriental al 20% (Le Monde, 18/10/06). Desde la anexión, la población en la región oriental se redujo en un 25%; en los últimos veinte años, los alemanes del este emigraron masivamente.

Aún hoy, veinte años después, los partidos de la izquierda alemana y europea no tienen una agenda de unidad social, económica y política de la clase obrera germana. Los ‘herederos' de los ‘reformistas' de 1989 –el partido Linke, formado por una fracción de izquierda de la socialdemocracia y los restos del viejo stalinismo este-alemán (que constituye una ‘referencia' y hasta un ‘modelo' para la izquierda ‘trotskista' continental, como el SU) integra, junto con la socialdemocracia oficial alemana, el gobierno estadual de Berlín.

Crisis mundial

Aunque la burguesía ha logrado unificar a Alemania en términos capitalistas, la cuestión de la unidad social, política y económica del proletariado alemán sigue en pie. Con Alemania unida llegaron el euro (1992), el tratado de Maastricht (1992) y el de Lisboa (2007), y con ellos un retroceso en las condiciones de vida de los trabajadores alemanes y de toda Europa. El destino final de la unificación alemana será decidido por la crisis mundial del capitalismo. Lo mismo vale para la llamada unificación de Europa.

Luis Oviedo

Aniversarios

Hace 80 años: el"crack" del '29

En la última semana de octubre de 1929, Wall Street, la Bolsa de Nueva York, colapsó. Las acciones, que venían subiendo en flecha desde varios años atrás, en paralelo al volumen de las operaciones, se derrumbaron violentamente. En pocos días, la caída del valor accionario alcanzó una magnitud equivalente a todos los gastos de los yanquis en la Primera Guerra Mundial. En el curso de un mes, el precio de las acciones bajó un 60 por ciento en promedio. Con algunos zigzags, la curva descendente se hizo imparable y extendida en el tiempo, arrastrando al mundo capitalista a la peor depresión de su historia.

En 1933, el valor de las acciones había caído a casi un 90% del que registraban antes del derrumbe. El nivel de la actividad económica se había reducido a la mitad y la bancarrota se había extendido al continente europeo. Más de 5.000 bancos norteamericanos que habían financiado con plata dulce la burbuja especulativa fueron declarados en bancarrota. Decenas de miles de empresas se habían ido igualmente a la lona. La inversión había desaparecido y el desempleo alcanzado proporciones homéricas: llegaba al 22% de la fuerza de trabajo británica y belga, al 24% de la sueca, al 27% de la americana, 29% de la austríaca, 31% de la noruega, al 32% de la danesa y ni más ni menos que al 44% de la alemana.

Crónica de un final anunciado

El "crack" del '29 fue tan violento como previsible. Las evidencias de que el incontenible ascenso bursátil tenía que encontrar un límite fueron innumerables. La Bolsa tuvo un barquinazo muy importante en junio de 1928 y la eventualidad de una grave crisis fue uno de los temas de campaña para las elecciones presidenciales del final de ese mismo año. No era un secreto para nadie, además, que el ascenso de los valores bursátiles se multiplicaba sin ninguna relación con la evolución de la economía y las ganancias en la producción (subieron más del 100% entre 1926 y 1929 mientras la economía crecía un 14%).

No hay compartimentos estancos entre la especulación y la economía real. La expansión de la economía yanqui, privilegiada por las condiciones emergentes de la Primera Guerra, comenzó a patinar desde mediados de la década del '20 aquejada, en primer lugar, por la sobreproducción; es decir, por un exceso de capitales para las posibilidades de las ganancias que pueden concretarse con la demanda que crea la propia acumulación capitalista. El excedente de producción agrícola produjo una caída de los precios. A lo largo de la década del '20, los precios de los principales granos bajaron entre un 40 y un 50%.

En segundo lugar, la alternativa de los mercados externos también comenzó a cerrarse antes de 1929. La economía inglesa estuvo dominada en esos años '20 por la deflación y el desempleo. En Francia, jaqueada por el peso de la deuda contraída durante la guerra, la actividad económica demoró casi diez años en recuperar un ritmo estable, recién hacia 1928. Alemania pasó por una inflación devastadora y sólo en 1926 alcanzó a recuperar los niveles de producción de una década atrás. De conjunto, el mercado mundial estaba recorrido por un aumento del proteccionismo y un marasmo monetario. Conclusión: el derrumbe del '29 se incubó en los grandes desequilibrios en la economía de posguerra.

La "recuperación"

Los mismos límites marcaron la reversión del ciclo. Porque los mecanismos de "mercado" se mostraron impotentes para devolverle energía al capitalismo decadente. Las medidas de intervención estatal - adoptadas por Roosevelt a partir de 1933 mediante subsidios al capital, refinanciación de deudas y obras públicas- apenas consiguieron reencauzar la economía.

Roosevelt enfrentó una enorme resistencia obrera que finalmente derrotó. la economía sólo comenzó a superar los índices de producción anteriores al '29 mucho más de una década después, en 1941, en medio de los preparativos para el ingreso la Segunda Guerra. Por eso, la mayor "recuperación económica" la registró entonces la Alemania... de Hitler. La nueva onda "ascendente" del capital se forjó con los métodos de la barbarie y la contrarrevolución.
Segunda conclusión: los métodos de la recuperación fueron tan brutales y destructivos en sus efectos y consecuencias como los que, en otro plano, había producido la depresión. Recesión y recuperación, el ciclo económico en su conjunto, son fenómenos derivados; en este caso, de una etapa más general del capital, marcada por su agotamiento histórico, su tendencia a crisis más profundas, de mayor alcance en el tiempo y de una extensión mundial sin precedentes. Un período de guerras y revoluciones, de terremotos sociales y económicos que revelan un capitalismo senil, históricamente agotado.

Ahora

Según la revista The Economist, si sustituimos la palabra "acciones" por "hipotecas", el derrumbe actual sigue el derrotero que mostró en sus orígenes la crisis de los años '30. En un reciente estudio, dos académicos norteamericanos mostraron que en los primeros dos años de la crisis actual las caídas en la producción industrial, el comercio y los valores bursátiles de la economía mundial fueron más bruscas aún que en 1929. La depresión progresó en línea recta. En 1931, un famoso economista de la época, Irving Fisher, planteó que la crisis se había superado. Y empezó el colapso. Ahora también enfrentamos la etapa de la "metástasis de la crisis capitalista" (ver artículo de Jorge Altamira en la revista En Defensa del Marxismo Nº 36). Claro que en un momento histórico más elevado de la descomposición del modo de producción capitalista.

Pablo Rieznik

8/10/09

ANIVERSARIOS

La Revolución china: 60 años después

”¡El Gobierno Popular Central de la República Popular China se ha fundado hoy!” proclamó Mao Zedong, líder del Partido Comunista, frente a una multitudinaria concentración de centenares de miles de personas en la Plaza Tiananmen, en la vieja ciudad de Pekín. Era el 1º de octubre de 1949. Concluía así una larga guerra civil con la liquidación del partido de la burguesía china, el Kuomintang (KMT) que contaba con el apoyo del imperialismo mundial. Se consagraba la segunda gran revolución victoriosa del siglo XX, expresión de una nueva época histórica que tomó forma definitiva con la Revolución Rusa en 1917.

Los bolcheviques habían llegado al poder en el contexto de las convulsiones provocadas por la Primera Guerra Mundial. Los comunistas chinos lo harán, tres décadas después, en el contexto de las convulsiones provocadas por la segunda Guerra Mundial. Por eso, el acelerador de la revolución será el marasmo provocado por la derrota de Japón en 1945, ocho años después de haber invadido masivamente China.

Guerra civil y guerra nacional

La burguesía china había llegado al poder en 1911 con el derrumbe del milenario imperio de la dinastía manchú. El dominio del gobierno del Kuomintang, sin embargo, quedó restringido al sur del país, mientras el resto del territorio se mantenía desmembrado entre los llamados señores de la guerra y los enclaves de las potencias imperialistas en las ciudades costeras.

A partir de la década del ‘20, el descontento campesino y el desarrollo de la clase obrera en las ciudades de la costa tomaron la forma de un levantamiento revolucionario, que cristalizó en la insurrección de 1927, con epicentro en Shangai y Cantón, que fue aplastada por el KMT.

La complicidad de la burocracia de Stalin con esa masacre quedó de manifiesto por su apoyo al ingreso del ejército de Chiang Kai-shek en esas ciudades. Stalin había impulsado la “colaboración” del PC con el Kuomintang. Los sobrevivientes del PC chino se refugiaron entonces en el campo y organizaron la resistencia armada, con un ejército campesino que sobrevivió a sucesivas campañas de “aniquilamiento” por parte del KMT. En 1934, las tropas guerrilleras de Mao enfrentaron una ofensiva “final” con una heroica retirada conocida como la Larga Marcha. De 100 mil combatientes, apenas unos 15 mil llegaron un año después a Shenshi, luego de haber recorrido 12.500 kilómetros.

Japón, que ocupaba la región de Manchuria desde 1931, lanza en 1937 un ataque en masa sobre toda China. La brutalidad del ejército japonés contra la población, la destrucción de las ciudades, el desmantelamiento de la industria alimentaron una nueva guerra nacional. La guerra civil, que no había cesado, imprimirá su propio sello a la nueva situación: el Kuomintang mantuvo sus hostilidades contra el Ejército Rojo de Mao y buscó, una y otra vez, pactar un compromiso con los invasores, provocando crecientes manifestaciones de resistencia y revueltas entre sus propias tropas. El ejército de Mao Zedong, en contrapartida, comenzó a salir de su aislamiento y a ponerse a la cabeza de la lucha contra la ocupación extranjera con el planteo del frente único antijaponés. Cambió su nombre por el de Ejército Popular de Liberación, pero no aceptó disolver todas sus tropas en el ejército del Kuomintang, como reclamaban otra vez los capitostes de Moscú.

La derrota de Japón en 1945 marcará un punto de inflexión. La burocracia moscovita y el imperialismo pactaron en Yalta (Stalin, Churchill y Roosevelt) el mantenimiento del régimen de Chiang Kai-shek. Con la mediación del embajador norteamericano, Patrick Hurley, que previamente había pasado por Moscú y obtenido garantías de Stalin para un compromiso, el KMT y el PCCh negociaron una salida al desmoronamiento japonés.

Entretanto, la industria había sido desmantelada, millones de campesinos arrojados de sus tierras, una capa de especuladores y colaboracionistas del KMT se había apoderado de inmensas cantidades de tierra. La hiperinflación y la corruptela se generalizaron.

El régimen nacionalista, que había intentado aprovechar el “acuerdo nacional” para liquidar a los comunistas, comienza él mismo a desmoronarse. Los campesinos se sublevan, las bases del ejército del KMT se quiebran.

En octubre de 1947, bajo la presión de una situación de insurgencia que se extiende como una mancha de aceite, el PCCh (que había evitado hasta el momento romper lanzas con la clase de propietarios rurales que sostenía al KMT) da un viraje al plantear la reforma agraria: los grandes latifundios fueron expropiados sin indemnización y la distribución de tierras benefició a decenas de millones de campesinos. El avance entonces se hace imparable. El Ejército de Mao avanza hacia Pekín y proclama la República Popular.

Revolución y contrarrevolución

En China, el proletariado no ocupó de ningún modo el lugar que tuvo en la Revolución Rusa, porque había sido diezmado por la contrarrevolución primero y por la invasión japonesa después. El campesinado en armas quedó bajo la dirección del partido comunista, surgido al calor de la revolución de los años veinte. El papel del PCCh a la cabeza del ejército, en un país paupérrimo y desindustrializado, le dio al nuevo poder una enorme autonomía política, que se apoyaba en un aparato extendido y centralizado.

Habían pasado sólo algunos meses cuando China tuvo que enfrentar la guerra de Corea, en 1950, a la cual fue empujada por el gobierno de Stalin y las provocaciones norteamericanas. La intervención norteamericana se hizo bajo el paraguas de las Naciones Unidas y contingentes multinacionales. El gobierno revolucionario se vio rápidamente obligado a un gigantesco esfuerzo económico y social. Con la guerra de Corea, el imperialismo logró contener la expansión de la revolución. En particular en Japón, donde se desarrollaba un gran proceso de radicalización.

Los comunistas chinos cumplieron la tarea histórica de concretar la unidad nacional. Pero la revolución china quedó aislada en sus propias fronteras. Las tendencias a la burocratización del Estado, alimentadas por el mismo atraso nacional y el aislamiento de China, progresaron en el contexto que siguió a la guerra de Corea. La ilusión de una colaboración de la URSS concluyó en un fracaso (colectivización e industrialización forzados en los años cincuenta).

Los zig zags en la política económica, la consolidación de la burocracia en la cúpula del poder, sus luchas internas y la deliberación popular alcanzaron un nivel explosivo en la década del sesenta (la “revolución cultural”). En 1965, la dirección del PCCh, repitiendo la peor política staliniana, había aconsejado al vecino PC indonesio a someterse al Kuomintang local, dirigido por Sukarno. En el archipiélago asiático se repitió la tragedia de 1927, que concluirá con la derrota de la revolución indonesia y la masacre de 500.000 trabajadores.

La burocracia reorienta entonces toda la política: firma un acuerdo definitivo con Estados Unidos (Mao, Nixon, Kissinger) y emprende la vía de la restauración capitalista. En la década del ’80, la Thatcher cede a China la administración del reducto capitalista de Hong Kong, lo que convierte a la China “comunista” en una extraordinaria plataforma de exportación.

Pablo Rieznik


17/7/09

Basta de impunidad y enKubrimiento.


A 15 años de la masacre de la Amia

El próximo 18 de julio se cumplen 15 años de la masacre de la Amia.

A lo largo de todo este tiempo, el Estado ha concentrado todos sus esfuerzos en borrar las huellas de su propia participación en el atentado, empezando por el papel jugado por el aparato represivo. La supuesta investigación del atentado ha sido sistemáticamente manipulada.

Hace apenas un mes, la Corte Suprema declaraba que "la respuesta de la Justicia no (debe ser) la impunidad". En forma complementaria, el fiscal Nisman, a cargo de la investigación, hacía una afirmación en principio insólita: que la causa ya estaba "esclarecida", a pesar de no tener imputados ni culpables, ni tampoco establecido el papel de la "conexión local".

La 'oposición' ha acompañado sistemáticamente esta "política de Estado". Macri designó a "Fino" Palacios jefe de la nueva policía porteña. Palacios se encuentra investigado por destruir pruebas en la causa Amia cuando estaba en la Federal.

Las conducciones de la Amia y la Daia han postergado sin fecha su tradicional acto en el aniversario del atentado, escudándose "en razones sanitarias" (gripe A). A cambio, han acordado con Cristina Kirchner la proyección de un anodino spot televisivo. Las direcciones sionistas pretenden acallar cualquier manifestación crítica que exprese el profundo disgusto que provocó entre muchos familiares el operativo "punto final".

En contraste, Apemia convoca al único acto de la jornada. Distintas organizaciones, entre las que se cuentan el Partido Obrero, la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos, la Fuba y otros, somos parte de la convocatoria.


El Partido Obrero frente a la crisis política y el paro rural

Este es el link para ver los diferentes videos del partido obrero